FRÉDÉRIC BEIGBEDDER, en 'Una novela francesa' (Anagrama, 2011): "Me acababa de enterar de que a mi hermano lo nombraban caballero de la Legión de Honor cuando comenzó mi detención preventiva". Los policías no me pusieron las esposas inmediatamente, sino sólo durante mi traslado al hospital Hôtel-Dieu, y, la segunda noche, al Dépôt, las dependencias de la isla de la Cité. El presidente de la República acababa de escribir una carta encantadora a mi hermano mayor felicitándole por su contribución al dinamismo de la economía francesa: "Es usted un ejemplo del capitalismo que queremos: un capitalismo de emprendedores, no de especuladores". El 28 de enero de 2008, en la comisaria del distrito VIII de París, unos funcionarios con uniforme azul, me desnudaban por completo para registrarme, me confiscaban el teléfono, el reloj, la tarjeta de crédito, el dinero, las llaves, el pasaporte, el permiso de conducir, el cinturón y la bufanda, me tomaban muestras de saliva y digitales, me levantaban las pelotas para comprobar que no escondía nada en el culo, me fotografiaban de cara, de perfil, de tres cuartos, con una cartulina antropométrica en las manos, antes de encerrarme en una jaula de dos metros cuadrados con las paredes cubiertas de pintadas, sangre y mocos.]